Lunes, 18 - Diciembre - 2017 00:33 h.

El Tiempo

Descubre la medina de Tánger con los cincos sentidos

Tánger es una de las ciudades más interesantes de todo Marruecos. Asomada al Mediterráneo y al Atlántico, conserva mucho del encanto de su época dorada, a principios del siglo XX, cuando escritores, músicos y pintores hicieron de ella su paraíso.

Medina de Tánger
Medina de Tánger


Pero su parte más auténtica, penetrante, la que embriaga al viajero y lo hace olvidarse del mundo, es sin duda su ciudad vieja, la medina. Callejas enrevesadas, misteriosas, repletas de estímulos que despiertan los sentidos. A través de ellos, de los cinco, te invitamos a descubrirla.

 

PARA OLER

No hay medina completa sin fuente, mezquita, hammam ni horno de pan. Aunque muchas mujeres siguen elaborándolo en casa, las que trabajan fuera compran hogazas recién hechas en uno de estos hornos artesanales, cuyo aroma a pan caliente inunda las callejuelas.

Sin embargo, el más intenso de los olores de la ciudad vieja es el del cuero, que se sigue curtiendo y tiñendo como hace siglos, y cuyas piezas encontrarás en muchas tiendecitas del zoco. No te olvides de regatear con buen humor, es toda una costumbre, casi un juego, que a veces se acompaña de un buen té.

Si es tu primera vez en Marruecos –o incluso aunque no lo sea- te encantará visitar una ‘farmacia tradicional’. Es una de las experiencias clásicas para turistas, pero merece la pena descubrir la increíble variedad de aromas de sus hierbas medicinales, cosméticos naturales, especias…

Dos compras interesantes son el aceite de argán –el ‘árbol de las cabras’-, excelente hidratante corporal; y el sándalo, una de las fragancias más delicadas que las mujeres utilizan para perfumarse. Si eres cocinillas, te encantará el olor de la garamasala, una mezcla de casi cuarenta especias que se usa en la cocina marroquí como condimento.

 

PARA TOCAR

Nada más cruzar la puerta de Bab Kasba, una de las tres que tiene la fortaleza de la kasbah, en la parte alta de la medina, descubrirás uno de los rincones más coquetos de Tánger. Siente en la piel la sombra fresca del ficus centenario que preside la plaza du Tabor. Aprovecha para tomar un café aquí mismo, en la terraza del Morocco Club.

Prueba a relajarte en un hammam marroquí, como hacen una vez a la semana, antes del viernes sagrado, las mujeres musulmanas. Sus baños de vapor, masajes y aceites te dejarán la piel suave y el espíritu completamente relajado.

Siente el tacto de las paredes encaladas, a veces rugosas, unas teñidas de azul, muchas blancas, que conforman el exterior sencillo de las viviendas tangerinas. Dentro, ocultas a los ojos del viajero, patios frescos donde la vida bulle imparable.

Toca con respeto la aldaba de alguna de estas puertas inmensas, la hospitalidad marroquí es mítica y quizá te inviten a compartir momentos inolvidables.

Gatos, gatos, gatos. La medina está repleta de ellos. Todos callejeros y con ganas de que los acaricies. Seguramente el tacto más suave que puedes encontrar en tu callejear por Tánger. Y es gratis.

Reserva un rato en cualquiera de las pequeñas barberías de la medina, que son muchas. Experimenta el deslizar experto de la hoja de metal por tu piel, aquí los buenos afeitados se hacen todavía con navaja.

 

PARA SABOREAR

No hay sabor más característico en Tánger, en todo Marruecos, que el del té a la menta. Lo encontrarás en cualquier café de la medina, y te lo ofrecerán a menudo en bazares y casas, porque se trata de una bebida hospitalaria. Muy dulce y buenísimo.

Si vas a comprarlo, que no te den producto chino, pide té de Larache, el mejor. Dos marcas interesantes: Sultán y Caravana.

No olvides unos ramitos de hierbabuena, los verás en muchos puestos del zoco. Para conservarla fresca, métela en el frigorífico envuelta en un paño de cocina y no la laves hasta que vayas a utilizarla.

Siéntate a merendar un té con melaoui o dulces de miel en alguno de los cafés del Petit Zoco, una plaza vivaracha que te sorprenderá porque conserva muchos carteles en español.

Los hornos de leña de la medina no solo cuecen pan, también preparan a fuego lento los tajines, plato tradicional de Marruecos, que en Tánger, ciudad costera, cuenta con una versión de pescado llamada tagra.

Un buen lugar para probar comida típica es el restaurante marroquí de El Minzah. No te pierdas la pastilla, un plato de finísima pasta hojaldrada relleno de carne de pichón, y aderezado con canela y azúcar.

 

PARA ESCUCHAR

El sonido más característico de la medina es la llamada del muecín a la oración. Cinco veces al día, desde el amanecer, escucharás su sonido hipnótico.

También las campanas de la iglesia de la Inmaculada, porque la de Tánger es la única medina del país que cuenta con un templo católico en su interior.

A cada paso por estas calles estrechas te acompañará el sonido el agua. Aquí es un bien preciado y, aunque cada casa cuenta con suministro propio, las fuentes públicas continúan siendo un lugar de encuentro, a veces con la excusa de lavar grandes alfombras.

Junto al Museo de la Kasbah se encuentra el Centro de Música Árabe-Andalusí. Lo reconocerás fácilmente porque te atraerá el sonido de las cítaras y otras notas. Entra sin miedo y podrás deleitarte con su exposición de instrumentos antiguos y mantener una charla interesante en español.

 

PARA MIRAR

Una de las estampas más clásicas es la llegada del barco desde Tarifa, que todavía atraca en el puerto viejo de Tánger, porque la mayoría de los navíos lo hacen ya en el nuevo Tanger Med, a casi una hora de la ciudad.

Matisse, un pintor que hizo suyos los colores de la medina, cuenta ya con un itinerario turístico por estas callejuelas que le sirvieron de inspiración. No te pierdas su vista preferida, la bahía desde su habitación 35 en el hotel Ville de France.

En otro alojamiento mítico, El Minzah, seguramente el mejor de la ciudad, te esperan los escenarios que sirvieron para rodar ‘El cielo protector’, adaptación al cine de la obra de Paul Bowles, que vivió aquí hasta su muerte.

Disfruta de los púrpura intenso de las buganvillas y adelfas junto al palacete donde vivía la millonaria americana Barbara Hutton, en la rue Escalier Sidi Hosei.

Y de los colores de las telas que aquí se venden en cada rincón. Telares de madera, costureros en pequeños cuchitriles asomados a la calle y miles de matices brillantes en sedas, algodones, lino… la tentación está servida.

Nada más salir de la medina, toma un petit taxi, que en Tánger son de un vivo turquesa, y desplázate a las afueras, hasta el cabo Espartel, asomado al estrecho de Gibraltar. Si el día está despejado verás nítidamente la costa española.

Dentro de la ciudad, dos miradores imprescindibles: el ‘de los perezosos’, junto a la plaza de Francia, en la parte nueva, donde gustan de pasar la tarde muchos tangerinos; y la terraza que hay justo debajo del Petit Zoco, con sus cañones de todas las nacionalidades sobre el puerto viejo.